Imago Mundi por Martin Virgili

Una pianista y cuatro artistas visuales se suman a un proyecto que resignifica la sonata Op. 109 de L. V. Beetovhen.

Imago Mundi

El próximo martes 9 de noviembre a las 21:00 hs, en el Teatro Colón de la ciudad de Mar del Plata, se realizará un concierto para piano, pero con un final raro. La pianista, Inés Sabatini, una brillante concertista con un apabullante trayectoria en la que se destacan actuaciones en los principales coliseos del país, incluyendo, el Teatro Colón de la Ciudad de Buenos Aires, volverá a la ciudad a presentar “Cuadros de una Exposición”, de Modest Mussorgsky y la sonata para piano N° 30 Op. 109 de L. V. Beethoven. Pero Sabatini no trabajará sola…

Cuatro artistas visuales, también, son parte de este proyecto-concierto autodenominado Imago mundi. Ellos son: Adriana Sasali, David Bressan, José María Casas y Emiliano Montani, convocados por el Área de Cultura de la UTN especialmente para este proyecto, realizarán 3 videos ad hoc basándose en las variaciones que completan el tercer movimiento de la sonata Op. 109. Pero volvamos a Mussorgsky.

Cuadros de una exposición (1874) es una suite de 15 piezas inspirada, precisamente, en el ir y venir de la mirada en una muestra plástica. La muestra –póstuma- consistió en diez pinturas y escritos de su gran amigo, artista y arquitecto Viktor Alexandrovich Hartmann, quien sólo tenía 39 años cuando murió en 1873. A manera de homenaje el compositor quiso “dibujar en música”, algunos de los cuadros expuestos.

El que mira y el que compone es Mussorgsky. Si bien Nietzsche, tres años antes, había planteado el problema de la dificultad de unir el mundo de la imagen con el de los sonidos (de la música se puede ir a los sonidos y no al revés, decía, ya en 1871, en el Origen de la tragedia) el capricho de algunos artistas ha intentado dibujar, sin embargo, esa parábola. En Cuadros…, el estatuto sin tiempo de un dibujo se pone en movimiento. Afectado por la solemnidad de la muerte (el pintor era realmente muy querido por él) sin embargo, la música, no merodea lo luctuoso, sino más bien hacia ese impreciso kantianismo de lo sublime. Pero si el oyente escucha bien, verá que podrá ver. Que la música es tan generosa con las formas que el oyente atento –y soñador- podrá hacer del piano una paleta, un dispositivo de escritura.

Ahora bien, en este concierto, escucharemos más de lo que miraremos, porque es un concierto. Pero hay que experimentar.

La sonata Op. 109 de L. V. Beethoven se encuentra en el meridiano del “estilo tardío” del compositor. Es importante que antes hagamos una breve apreciación sobre el período anterior de su música, el intermedio (realmente no son períodos, pero dejémoslo ahí para comprender a dónde vamos). Los biógrafos y exégetas de su obra (Adorno escribió, precisamente, sobre este último momento de su música) han reflexionado en cómo es posible ser subjetivo después que se lo ha dicho todo, después de haber entregado el yo (no el suyo, sino el de todos) a la forma, confundiendo el uno con lo múltiple, lo que yo siento con lo que todos sienten. Después de haber conseguido un destacado paroxismo en la expresión ¿cómo se hace para ser expresivo? El espíritu del período intermedio manejaba esas magnitudes. Entonces y lo mismo ¿cómo se vuelve a ser subjetivo después de esos excesos?

Su estilo tardío no fue otra cosa que un retornar a un lugar en el que nunca se estuvo. ¿Cuál es ese lugar? El de la norma, lo instituido, lo convenido, lo convencional. En ese ahí de su obra, en el ahí de esa expresividad exagerada, Beethoven tuvo que regresar a un formalismo inyectado de convenciones, de fórmulas, de giros vacíos, de marcas musicales llenas de polvo y tiempo. Esos elementos, que antes eran un sesgo que desprestigiaba la imaginación, se reconstituyeron en abstracciones de belleza inexplorada, capaces de despertar un mondo sonoro nuevo, renovado y que, lo mismo que esos rostros atávicos de las gárgolas de Notre Damme, uno no sabe si se encuentra frente a una bestia del pasado o del futuro.

Las obras que Beethoven compuso en ese hálito estético, son una extraña mezcla de pasado y porvenir, de luz y sombra, de sueño y vigilia.

Tres artistas visuales, se sumergieron en ese mundo y se animaron a dialogar con las variaciones que cierran la sonata Op. 109. Y acá, animarse en sumergirse, es hundirse y naufragar. No se trata de visualizar la música, sino hacer del impulso creativo de ese Beethoven tardío un gesto de luz en movimiento. Imago mundi remite, precisamente, a ese mundo imaginario pero que es parte, todavía, de este mundo.

En los cuadros de Mussorgsky, las imágenes están latentes, suspendidas. En esta otra parte del programa no. Melómanos, esta vez, a no cerrar los ojos.

Martín Virgili - Compositor

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