La performance, hija desaparecida de las artes visuales


Un artista se hace un tajo en la piel, sangra y contiene el grito. Otro artista simula que se hace un tajo en la piel, usa pintura y grita. Ya han pasado casi tres décadas desde que Argentina recuperó la democracia y con ello empezó un lento proceso de sanación de una herida que no cierra. Aún se ven las secuelas de una nación atravesada por una dictadura, el exilio, el silencio, la tortura, la censura de una generación de pensadores, entre los cuales estaban los artistas. Una de esas secuelas, al parecer poco importantes en un escenario tan dramático, es la identidad robada de la performance.

La actual universidad de artes visuales con mayor prestigio del país tiene diversas orientaciones: Pintura, Escultura, Grabado… todas relacionadas a las artes tradicionales excepto una que incluye las nuevas tecnologías. La mayoría de los estudiantes desconoce lo que es la performance, o da por sentado que es hija de las artes dramáticas. Tampoco hay un desarrollo claro sobre el arte conceptual. Los circuitos artísticos parecen detenidos en el tiempo, donde el descubrimiento más reciente es la fotografía y el video.

De vez en vez uno puede encontrar una instalación, y lo más cercano a la performance son las manifestaciones artísticas en las marchas. A los estudiantes de artes visuales se los seduce con el Picasso que reinterpreta la realidad con pocas líneas, y nada se habla del Picasso que pegó un fragmento de diario en un cuadro y dio ese casi invisible paso donde el arte visual deja de representar un objeto y directamente lo presenta. Duchamp es un loco lindo que se lo nombra en algunas materias teóricas, pero sólo para problematizar lo que es el arte y no para repensar nuestras propias prácticas artísticas.

No es casual que prácticamente nadie esté familiarizado con los trabajos de Marina Abramóvic, Joseph Beuys, Ana Mendieta o Vito Acconci. Mientras en otras partes del mundo el arte visual se desprendía completamente del lienzo, acá había que tener cuidado de qué hacías con el pincel. Y cuando el silencio fue finalmente interrumpido, tal vez el primer trabajo de los artistas visuales con fuerte presencia del cuerpo fue el famoso “Siluetazo” donde justamente se denunciaba la ausencia del mismo.

Ahora, las camadas emergentes de artistas jóvenes nacieron tras 1983. La performance empieza a resurgir con más fuerza, y más bajo el interés de los artistas dramáticos que buscan alejarse del personaje, o de artistas visuales que aún tímidos utilizan elementos del teatro para poner aún una distancia entre su cuerpo y el arte, una suerte de escudo a ser vistos completamente símil al lienzo. Entonces simulan hacer en vez de hacer, y no son enteros, son parciales porque también simulan sus estados en base a un sentimiento que no fue simulado.

Pocas galerías apuestan por la performance, aún el país no entiende muy bien qué es ni cómo se administra. Los artistas nacionales interesados en profundizar su producción no encuentran muchos espacios, ni colegas, ni réditos económicos para despedirse completamente de las artes tradicionales.

En todo este tiempo, la performance, que fue parida por las artes visuales, ha sido apropiada por las artes dramáticas, tal vez porque simulando es la única manera que tenemos de ser tras haber pasado por un periodo donde "ser" es algo que resulta amenazante y peligroso.

Un artista simula herir su cuerpo y grita, otro artista lo hiere honestamente y trata de no gritar. Los ojos argentinos aún desconcertados se dividen entre los que necesitan ver y los que necesitan seguir mirando para otro lado.

Algunos artistas visuales quieren recuperar a su hija perdida. Algunos artistas dramáticos se han encariñado sintiéndola propia. Al parecer una custodia compartida es lo menos traumático. Mientras tanto, el arte, que tiene una función primordial para que la sociedad se repiense, plantea que hay mucho trabajo por delante con esta herida que no cierra, y que posiblemente no cierre jamás.

 Por Elizabeth Chorubczyk effymia.blogspot.com

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